La Botica de Matapozuelos no es un restaurante: es una farmacia del bosque convertida en estrella Michelin. Miguel Ángel de la Cruz lleva veinte años recolectando lo que la mayoría pisa sin mirar — líquenes, hongos, raíces, savias, brotes — y devolviéndolo al plato con la disciplina técnica de un cocinero de París y la voz de un cazador castellano.
Visitarlo en marzo, con el campo todavía húmedo y los primeros morillos asomando, es entrar en un menú que huele literalmente a la tierra que rodea el pueblo. Esto es una reseña honesta, plato a plato, de una comida que oscila entre lo memorable y algún tropiezo menor.
El espacio
Una antigua botica del siglo XIX restaurada con criterio: madera, piedra, mantelería de lino y cubertería sobria. Cero teatralidad. La cocina tiene cristal hacia la sala y se ve trabajar al equipo. La sala la lleva su madre, Teresa, que recita la procedencia de cada ingrediente como si fuera una nana.
Veredicto general
Una experiencia de muy alta cocina con identidad propia, anclada al pinar y al ciclo del año. La sala es notable, el maridaje juega bien y la creatividad técnica está al nivel de Madrid o Donosti — pero a 250 km de cualquier capital. Algunos pases pierden intensidad, pero los grandes platos justifican sobradamente la visita y la cuenta.