Sales de Balmaseda con la mochila aún rígida y el aire húmedo pegado a la cara. Arriba, donde nadie lo diría, una ermita del siglo XII espera entre nubes que algunas mañanas no se levantan jamás.
El Kolitza es uno de los cinco montes bocineros de Bizkaia — los que hace siete siglos se encendían en hogueras para convocar las Juntas Generales en Gernika. Lo que entonces era señal de aviso, hoy es una de las subidas clásicas de las Encartaciones: ancha al principio, pisada por miles de pies, dura y empinada en su tramo final.
01 — La subida
Se sale del polideportivo El Caregón, en Balmaseda, por la pista que asciende suave entre robles y helechos. Pronto el bosque cede a praderas con caballos, vallas de piedra y vistas que se abren hacia el sur — Burgos al fondo, Mena más cerca, los castros romanos de Ordunte si el día está limpio.
02 — La ermita
Llegas a la cumbre y lo primero que ves no es la cumbre — es la ermita. Un edificio de piedra rugoso, achaparrado, anclado al suelo como si llevara mil años pidiendo perdón al viento. La actual es de los siglos XVI–XVII, sobre los restos de una mucho más antigua. Está dedicada a San Sebastián, y en su día fue lugar de romería con misa y baile en la campa.
Hoy basta sentarse en el porche con la espalda apoyada en la piedra. Si tienes suerte, el mar de nubes lo cubrirá todo: solo asomarán las cimas de Ordunte y, lejos, el perfil de los Pirineos.
03 — Cómo llegar
Se sale desde el polideportivo El Caregón, en Balmaseda (43.176, -3.205). Aparcamiento amplio y gratuito; desde Bilbao son 35 minutos por la BI-636. La ruta está bien señalizada con marcas blancas y amarillas (PR-BI 75). Llevar agua, sobre todo en verano — no hay fuentes en el ascenso. En invierno, la cumbre puede estar helada y las nieblas son peligrosas si no se conoce el descenso.
Cuenta la tradición que en una de aquellas convocatorias del siglo XV, el encargado de tocar el cuerno en el Kolitza no apareció. La hoguera no se encendió, la señal no llegó, y el mensajero — dicen los pastores — fue encontrado arrodillado dentro de la ermita, mirando al mar de nubes, sin decir palabra. Cuando le preguntaron por qué no había soplado, respondió que había escuchado a la montaña pedir silencio. Desde entonces, cada vez que la niebla cubre el valle entero, los locales dicen que el Kolitza vuelve a pedir lo mismo.